Preludio heterodoxo, Grand Finale ortodoxo

2012

La economía argentina ha entrado de manera decidida en la región del ajuste macroeconómico. No es difícil reconocer los síntomas para realizar el diagnóstico. Independientemente de los desequilibrios que en cada momento lo hicieron necesario, en la Argentina el ajuste ha tenido siempre una marca distintiva: la ocurrencia simultánea de inflación con recesión.

Esta etapa de ajuste “ortodoxo” constituye el tramo menos exitoso y más problemático de una experiencia de manejo de la política económica que privilegió de manera sistemática el uso de instrumentos no convencionales, como los cambios abruptos en las reglas de juego y la intervención discrecional en los mercados, con el propósito de colocar la economía al servicio de objetivos políticos que se juzgaban de mayor trascendencia.

Las autoridades frecuentemente argumentaron que el uso de instrumentos no convencionales se fundamentaba en una visión heterodoxa de la política económica, alejada de los enfoques ortodoxos y donde los objetivos políticos tenían prioridad sobre los dictados de la economía. La apelación a la heterodoxia macroeonómica fue sin duda útil para revestir el uso no convencional de los instrumentos de política con el prestigio que había ganado el pensamiento heterodoxo en la región en la década de los ochenta y los noventa. Una cuota de prestigio que ese pensamiento merecía si se piensa que la visión heterodoxa de la macroeconomía se desarrolló como una reacción a las equivocadas políticas de los organismos internacionales que, para economías ahogadas por el peso de la deuda externa, impulsaban el ajuste de la demanda agregada interna como remedio. En los ochenta, por ejemplo, como el problema era el sobre-endeudamiento y no el exceso de gasto a corto plazo, el ajuste sólo lograba deprimir la inversión productiva, restringiendo aún más la capacidad de crecimiento y, por ende, de pago de las economías latinoamericanas, desde la Argentina y Brasil hasta México.

 

Hoy, no obstante, hablar de heterodoxia macroeconómica confunde más de lo que aclara. Confunde porque buena parte de los argumentos utilizados en los ochenta por los heterodoxos han pasado a formar parte del núcleo duro de la macroeconomía. Por ello son pocos los que hoy creen, por ejemplo, que el remedio para España o Grecia sea seguir profundizando el ajuste, como se recomendaba en América Latina en los ochenta. Y también son pocos los que se horrorizan por la “heterodoxia” de Bernanke al haber implementado medidas de quantitative easing, que implicaron una fuerte expansión de la oferta monetaria. Tampoco aclara hablar de heterodoxia para referirse a instrumentos no convencionales porque heterodoxia nunca significó negar reglas básicas del comportamiento económico: no hay ningún teorema heterodoxo que pruebe que una economía puede funcionar si los agentes económicos no tienen un instrumento de ahorro con tasa de retorno al menos neutra en términos reales; o que los agentes están en condiciones de decidir sobre inversiones de largo plazo en una economía en que se cambian las reglas de juego con frecuencia semanal; o que la inflación y, por ende, el valor de la moneda, no importa; o que los precios relativos (tipo de cambio real, salarios) no influyen sobre la competitividad y las decisiones de producción; o que se puede realizar sustitución de importaciones instantánea, una vez que las importaciones fueron oportunamente obstaculizadas.

 

Es vital proponer enfoques innovadores (“heterodoxos”) cuando se trata de problemas serios e inéditos (como una crisis financiera). Pero innovar es difícil, justamente, porque se trata de utilizar creativamente los conocimientos heredados del pasado: innovar no es destruir o negar lo que se sabe, es utilizarlo mejor y ampliarlo. En este sentido, y sin pretender realizar una evaluación global de toda la gestión económica en estos años, lo que sí puede decirse con cierta seguridad es que el uso de controles y represión financiera que las autoridades están realizando en la actualidad, si bien es no convencional dista de ser innovador: viola la premisa de no estar en contradicción con el conocimiento macroeconómico existente. Por ello no sorprende que los resultados de aplicar medidas no convencionales no están siendo los que las autoridades esperaban: las promesas de innovación y heterodoxia sugeridas por la música en el preludio se están convirtiendo, a medida que evoluciona la partitura, en un Grand Finale de tempestuoso ajuste macroeconómico ortodoxo.

 

Lo anterior sugiere que el proceso actual podría caracterizarse como uno de ajuste ortodoxo no convencional ¿Qué tiene de ortodoxo y de no convencional el ajuste? Veámoslo a partir de una rápida mirada a la política fiscal, la monetaria y la cambiaria.

 

La política fiscal tiene aspectos muy restrictivos. En parte las restricciones toman formas tradicionales. Por el lado de los impuestos: incrementos en el impuesto a las ganancias (obviando la actualización por inflación) y el revalúo en Buenos Aires. Por el lado del gasto: ajuste sustancial en las provincias (el aguinaldo bonaerense es sólo lo más visible), no corrección de la asignación universal por hijo, eliminación de asignaciones en sueldos altos y retraso en las obras públicas. Pero también se están utilizando instrumentos no convencionales. Dos son importantes por su capacidad de generar ingreso. El primero es el cepo al atesoramiento en dólares: prohibir la compra de dólares implica inducir un incremento en las tenencias de pesos en las manos privadas y esos pesos pagan impuesto inflacionario de entre 25% (circulante) y 12/13% (plazos fijos). Además, al encerrar los pesos en un corralito junto con sus dueños, se deja expuestos a estos últimos a una brutal pérdida de capital si se produjera una aceleración de la inflación, de la mano de una corrección futura de los precios relativos. El segundo impuesto nuevo es a los exportadores. Al desdoblarse de hecho el mercado cambiario, quienes venden sus dólares al Banco Central no pueden recomprarlos a ese precio y su mejor opción dentro de la legalidad es o bien comprar bienes (que probablemente tendrán sus precios marcados con un dólar diferente al oficial) o bien entrar pasivamente al corralito, abonando el impuesto inflacionario correspondiente.

 

Podría pensarse que al recurrir a estos instrumentos no convencionales el ajuste fiscal funcionará distinto. Por ejemplo, el gobierno anunció que con los pesos del corralito obligará a los bancos a financiar “barato” a las firmas y que con los fondos de la Anses financiará vivienda. Pero la realidad es más convencional que las medidas: el cepo cambiario está paralizando el mercado inmobiliario y con ello la construcción al tiempo que la tasa de interés tiende a subir y no a bajar. El resultado final es ortodoxo: el ajuste fiscal está empujando a la economía hacia la recesión.

 

Podría argüirse que la política monetaria está ayudando al nivel de actividad en la medida que se emite de manera sustancial (bien por encima de la inflación). Esto es en parte cierto ya que, para evitar quedarse con pesos la gente se los gasta. Sin embargo, una política monetaria tan expansiva también está dando una señal de que las autoridades no están excesivamente preocupadas por la inflación futura y la consecuencia directa es que se acorta el horizonte de planeamiento. Conclusión: lo que se gana por el lado del gasto de consumo se pierde en gasto de inversión. Estamos observando un derrumbe en los bienes de inversión importados y en la construcción. Como es sabido, una de las proposiciones más sólidas de la macroeconomía es la que dice que la incertidumbre destruye la demanda agregada y que la destrucción empieza por la inversión. Además, la incertidumbre, una vez que comienza a crecer, tiende a generar problemas también donde no los había: esto se observa en el caso del retiro de depósitos en dólares por los particulares que redujo la oferta de crédito a los exportadores, presionando sobre las tasas de interés.

 

Queda por último la política cambiaria. Un componente clave en un ajuste ortodoxo es la depreciación de la moneda. Podría pensarse, por lo tanto, que en este plano el ajuste no empezó ya que las autoridades continúan con una “administración” del tipo de cambio que lo coloca en un sendero de crecimiento muy inferior al de la inflación. Esta visión sería errónea, por supuesto, ya que el gobierno está utilizando de forma activa otros instrumentos no convencionales de política para influir sobre el mercado de cambios. Un objetivo crítico de una depreciación es inducir una caída en la demanda de importaciones. Sin embargo, sin depreciar, las autoridades consiguieron el mismo resultado apelando a un gran número de medidas administrativas que traban la importación. Como consecuencia, el saldo comercial es significativo. Un segundo objetivo de una depreciación es reducir la demanda especulativa de dólares: los agentes compran dólares porque creen que subirá de precio. Una vez que la divisa efectivamente sube de precio, la especulación se acaba y se reduce el deseo de atesorar moneda extranjera. Las autoridades también buscaron conseguir este resultado sin depreciar mediante el cepo cambiario. Pero en este caso el resultado no fue el esperado: por un lado, la gente siguió restándole dólares al gobierno por la vía de retirar sus depósitos en esa moneda; por otro, la demanda especulativa se re-dirigió hacia el mercado paralelo y se amplió la brecha. La falta de éxito en frenar la brecha entre el dólar oficial y el paralelo llevará, seguramente, a que tarde o temprano las firmas comiencen a hacer precios tomando en cuenta el tamaño de la brecha y la inflación terminará por acelerarse aún sin depreciación del dólar oficial. Un tercer objetivo de la depreciación es incentivar la competitividad, lo que genera empleo y divisas por la vía del aumento de las exportaciones y la sustitución de importaciones. Como sólo hubo represión cambiaria y la depreciación estuvo ausente, esto no está ocurriendo. Algunos sectores se favorecen con las trabas a la importación, pero como su rentabilidad depende de una decisión administrativa que mañana puede cambiar, no hay incentivos suficientes para la inversión en ramas de sustitución de importaciones.

 

En síntesis. Hay en marcha una fuerte restricción fiscal que incluye medidas ortodoxas y no convencionales pero que inciden de manera negativa sobre el nivel de actividad. La política monetaria es expansiva pero no está siendo efectiva para expandir el crédito y compensar, así, los efectos restrictivos de la política fiscal. La expansión monetaria sólo es útil para convalidar pasivamente la inflación e inflar la brecha cambiaria. Se ha producido un fuerte ajuste externo que, si bien mejoró la balanza comercial, al basarse en la represión de las importaciones y del atesoramiento tuvo efectos deletéreos sobre el funcionamiento de los mercados y las cadenas productivas.

 

¿Es negocio? Si el ajuste fuera puramente ortodoxo, habría habido una depreciación y ello estaría incentivando el empleo y la competitividad. Como es no convencional, esto último está ausente. Dicho de otra forma: el gobierno está pagando todos los costos del ajuste y no está recogiendo la parte más sustancial de sus beneficios.

 

Si bien la música es distinta y en el escenario se presenta un país que muestra una situación significativamente mejor, aquí y allá, el público cree reconocer en la partitura citas de otro estilo: entre 1998 y 2002 la Argentina se consumió en una espiral de ajuste fiscal y más ajuste sin atacar el problema básico: la falta de competitividad, dados los precios relativos.          

 

Hemos hecho un elogio de las miradas de la economía que utilizan de forma innovadora los conocimientos heredados. Pero ser innovador se justifica sólo cuando hace falta. Así que, antes de recurrir a la heterodoxia, parece sensato hacer dos preguntas bastante convencionales. Primera: ¿la Argentina está ajustando el sector externo porque le faltan dólares? Este año el petróleo bajó de precio y somos importadores netos de energía, la soja subió a niveles récord, el Banco Central atesora más de cuarenta mil millones de dólares y los argentinos poseen (sólo contando el efectivo en billetes dólar) unos cincuenta mil millones que podrían usar mañana. Por lo tanto, la respuesta es no. Lo que no quiere decir que la reciente depreciación del real no nos afecte. Pero parece poco sensato afectar todos los insumos y bienes de capital importados, sólo para compensar una medida de política de nuestro vecino. Segunda: ¿la Argentina debe ajustar las cuentas fiscales porque recauda poco y el sector público está sobre-endeudado? Aún cuando se resintió recientemente, la recaudación tributaria está en niveles récord y el nivel de deuda pública es muy bajo, gracias al desendeudamiento de los últimos años y el impuesto inflacionario. La respuesta es también no. Esto no implica que no haya que ocuparse del gasto. Pero si se mira qué habría que ajustar, el candidato principal serían los subsidios al transporte y la energía; lo único en lo que no se avanzó.        

 

Si se sigue concentrando el fuego en el frente de batalla equivocado, el resultado más probable es la consolidación a corto plazo de lo que estamos viendo: recesión con inflación y crecientes conflictos distributivos. Si el nivel de actividad en Brasil se comporta mejor en el segundo semestre, probablemente ello ayude pero será cada vez más difícil aprovecharlo si los costos internos de la Argentina siguen subiendo.

 

Conclusión hartamente convencional: la Argentina no tiene un problema en los fundamentos. Ni en el sector externo, ni en la sostenibilidad fiscal a largo plazo. El problema son los precios relativos de la energía (subsidios), el tipo de cambio real y la inflación.  ¿Por qué no ocuparnos de lo obvio y, luego, si hace falta innovamos?

 

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